noviembre 27, 2018

jardín

murió uno y floreció el rosal
murió otro y se marchitaron; pero brotaron espinas de colores

en mi pecho sigo regando sus amores idos, ausentes que deambulan en el patio de la casa.

ángel negro

Has sido mi más profundo y constante amor, hermanito hermoso. 

Los últimos días me preocupé de memorizar tu olor, tus miradas, tus movimientos y tus ruidos, y parece que fue peor. te veo y te escucho en toda esta casa cada día más vacía, y tengo tanta pena que no me cabe adentro, tengo tanto amor atorado que no terminé de compartirnos.
Todo lo que espero es que hayas tenido una vida feliz junto a nosotres, porque te juro que te amamos como a nadie, hermano, y siempre serás lo mejor de mi familia. Tú y yo éramos suficientes como una familia entera, completa. por favor, aparécete en mis sueños, dormida o despierta, en el plano que sea, en el que sea posible, pa encontrarnos de nuevo benjamín, rey de mi corazón entero por siempre.

Benjamín Bartolomeo Vidal Gajardo 2004 - 2018.

agosto 23, 2018

Orlando y Benjamín 


junio 02, 2018

Marías Rosario



Yo me follé a María. No, en realidad ella se folló a Cristóbal y luego él me folló a mí. Desde entonces, tengo una obsesión con María que no he podido arrancarme de la piel, como si el nombre susurrara a ras de la carne, como si fueran insectos fosforescentes chupándome la sangre a pedazos imperceptibles, pero que cuando saqué la cuenta noté que ya me quedaba medio brazo izquierdo. Y es ese medio brazo el que sigue trazando a tientas lo único que tengo en la memoria. María, María Clementina, María Lucrecia, o las Tres Marías o la Niña María, la prostituta, la Virgen María que al final son la misma mujercita de mantos sacros, construida de yeso y barniz de uñas; una que se aparece con los senos graffiteados y los brazos extendidos a las puertas de la catedral. Otra con aspecto de niña y las manitos juntas rezando a través de la vitrina. Esa María pequeña siempre me dirige una mirada tan terrible cada vez que camino esa avenida, hace tintinear el vidrio y yo poso las manos sobre el mismo intentando mancharlo con mis huellas, ensuciarlo con mil caminos diminutos que le desvíen la vista y que por favor deje de mirarme, pero yo no puedo dejar el horror de lado, no dejo de sentir los vellos erizándose en mis brazos ni el viento helado que me corta la garganta como si la pequeña María estuviese muerta. Hay otra que se esconde entre maleza al fondo de una gruta con piedras huecas. Esa es la más bonita, esa es la única de todas que no me hace llorar, que no me sigue en las siestas en la micro de vuelta a casa. Esa María debe ser la única cómoda con su hogar, empapada en agua común y corriente con olor a laureles y cintas rojas, con pequeñas réplicas de sí misma vendiéndose al por mayor en la entrada de su gruta, donde un montón de mujeres se han mudado con ella y le gritan canciones benditas cada dos cuartos de hora, y a través de los parlantes se entonan los cinco  misterios gozosos, se saltan las heridas y se envuelven en los cinco gloriosos que le siguen. Por ella yo me arroparía, sería hija, soltaría esta obsesión y no me sentiría huérfana como me siento ahora. Pero no, no puede ser así porque ese nombre que sigue susurrándome encima de las cejas y las pestañas me dejó medio brazo, y ahora también me deja sin costillas. En cambio, me han salido branquias a medio remendar a cada costado del cuerpo; a partir de ellas respiro tambaleándome en la baranda del río. Allí aparece la última; nadando, ahogándose con los labios resquebrajados y semi abiertos mirando hacia Cristóbal. Entonces yo vuelvo como por una fuerza magnética que me adhiere a los  barrotes de concreto y desgarro con María los cinco misterios dolorosos que todas las otras mujeres decidieron ignorar.

Aquí suspirando, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas

… A la memoria me vienen solo canciones y rezos que nunca nadie me enseñó. Intento sostenerme y no ir a favor de la rivera, pero es que no puedo y me siento tan violada por mil mujeres santas. Cristóbal observa vano desde arriba, y entonces creo comprender. Cuarto misterio glorioso: la Asunción de Nuestra Señora a los Cielos.

LA FAMILIA HA MUERTO


o La última palabra

La primera vez que lo enfrenté, tenía como diez años. Me acuerdo clarito: estábamos en el living y grité fuerte que me pegara, que me sacara la porquería si quería pero que no me iba a callar (en ese tiempo yo no decía garabatos). El segundo round fue seis años después, cuando decidí salir de la casa sin despedirme y no me habló por dos semanas, hasta que mi mamá me convenció para pedirle disculpas. El último conflicto fue hace un par de meses. La mierda quedó dando vueltas en el aire porque yo me cuestioné cómo tenía la cara de hablarme de responsabilidad y del cuidado a sí mismo, cuando él por curao quedó tirado en algún punto de Avenida Matta con la cabeza machucada, sangre en la camisa, sin saber cómo, si estaba tomándose unos copetes no más con unos colegas en La Piojera. Esa vez me quedó mirando con ira y pena, me cerró la puerta de su pieza en la cara. Yo nunca me disculpé.

            Ahora tengo veintidós años y no lo saludé para el Día del Padre. Tampoco me he retractado ni pienso hacerlo. Él no lo ha olvidado ni lo hará. Pero sí hablamos, porque a estas alturas no tiene sentido aplicar la ley del hielo en una casa que se está quedando cada vez más despoblada.

            En el fondo, sabe que esta casa es tan fría que ya no se puede sostener sin estufa a parafina, por eso se levanta temprano, a pesar de sus años y sus huesos. Porque un Hombre de Campo que se ha formado en la ilustre Escuela de Carabineros, se toma la vida entera con trabajo y disciplina. La llamita artificial comienza a calentarnos desde el mediodía, a veces incluso más temprano, y no se apaga hasta la una o dos de la mañana, dependiendo de la programación de la tele. Pero a esa hora él ya está durmiendo, porque el Hombre de Campo se acuesta con el sol y se levanta con las gallinas. En Maipú no hay gallinas, pero tenemos una plaza al frente y el Paco Retirado sale a barrer y regar religiosamente. Cuando se ve reemplazado por el viejo del aseo, entonces barniza la reja de entrada, o barre el patio, o remueve la tierra del diminuto antejardín antes de irse al trabajo.

            En la casa del Hombre de Campo nunca falta la comida; pero la buena comida, como el consomé de ave, la sopa de pava y la carne de cordero que la mujer le prepara solo a él porque nadie más aguanta tanto animal. Al Hombre de Campo no le faltan las rancheras los domingos, ni el vino los lunes. Tampoco le falta el vino los martes, ni le falta los miércoles y los jueves y los viernes y los sábados y los domingos. Pero el Hombre de Campo no es alcohólico, él toma porque es antioxidante, y de repente uno o dos vasos de whisky también porque ya está viejo y puede darse el gusto.

            Fanático del Santo Papa Juan Pablo II, el Paco Retirado se limita a hablar sobre la importancia de la gratitud, el amor por la familia y el respeto, esos valores católicos de los cuales los fachos cínicos se pueden agarrar porque les sienta bien. Respeto por él que es el Padre, respeto porque es el Jefe de hogar, porque nos ha dado todo, porque tenemos qué comer, porque no pasamos frío, porque sí. Porque Yo Soy La Última Palabra.

            Después del almuerzo, que nunca es en la mesa del comedor, excepto en Navidad y Año Nuevo, dice que va a descansar dos minutitos y se pierde en su pieza. A veces hasta el otro día. Y ahí, tumbado en un colchón que ya se ha deformado con el peso de sus polvos desabridos y las siestas de cinco horas, se pone a pensar en todo lo que logró. En la hermosa familia que ha formado; que tiene esta casa propia, que tiene un perro -y una mujer- que le obedecen. Un par de hijas bien portadas, un auto y un típico trabajo de paco jubilado, estable y bien remunerado. Lo cierto es que antes de que se le cierren los ojos por tanto cansancio no puede evitar lo que realmente sabe, y se entierra en el sueño cagado de miedo, adormecido por su propio hedor a vino y cigarros que ya se ha quedado impregnado en su colchón y piel.

            Los tres diplomas de “Empleado del mes” cuelgan de la pared azumagada, al igual que el calendario de Juan Pablo II y una foto mía en sepia vestida de niña antigua que dice Feliz día, papá.