agosto 11, 2014

El método de com-po-si-ción.

El proceso escritural, o el procedimiento de la escritura, o los pasos para escribir y llegar a ser escritor, o escribiente, o llegar a ser narrador, relator, contador de algo, de una materialidad, descriptor de una corporeidad, inmiscuirse en el inconsciente; clavar la aguja y enhebrar el papel con alguna clase de hilo conductor entre el adentro y el afuera, o simplemente cortar el hilo y deshilacharlo todo.
Cuando se escribe no se parte donde se escribe, se parte de una boca cerrada, la entraña chorreando y una médula pendiendo de la costilla, casi cortando la espina dorsal. En ese punto se parte, y se intenta entonces desprender dolor por dolor, alegría por alegría, pasión por pasión, y en ese enredo subjetivo de la percepción y las intenciones uno recurre a tanta retórica descriptiva que refugia la literatura, cuando enfrentando a tientas las sensaciones pareciera que se huelen, que se ven, que tienen ojos y orejas y piernas, tienen un brazo fuerte como dice la Malú, uno que aprieta el vientre, que hunde su mano en la garganta para que las palabras salgan. Y así, con la boca aún cerrada y el vientre recogido describimos, comparamos, exageramos, reiteramos y desordenamos la métrica permitida de una correcta poesía. Cuando Enrique Lihn dice pobre es el corazón de vocabulario, dice bien: la gente pretenderá nombrar todas las cosas por sus nombres y estas responderán por sus nombres, mas no las expresan, dejan que giren en torno al diccionario y al nombrarlas se mueren, se ahogan en el límite fronterizo de su propia definición. Por eso mismo a veces se recurre a las redes del barroquismo, que no son edificaciones con grandes pilares de concreto, abalanzando ostentación con vitrales y miles de colores corcheteando las pestañas de la gente. No es exagerar por exagerar, estrujar el cuerpo de la palabrería ante la necesidad constante y anfibia de lo que se siente, lo que se piensa, lo que se ríe, duele, llora y sangra y se sale a borbotones de sí mismo, dando por resultado un montón de imágenes inconexas entre sí aparentemente, pero que una vez que el lector se trague todo el artificio literario, y se le cuelen manos y cabellos entre la mezcolanza sinestésica de las postales, escape del punto de inflexión y encuentre en él un pedazo de vidrio brillante sobre el cual reflejarse completa y honestamente. Es esto: que desde la boca cerrada pero ¡ojo!, no sellada, se abran ventanas, se descubran verdades, se suelten lágrimas, se aprieten dientes, se abran piernas y se empuñen manos. Y así, una vez que la ventana se abre y para siempre, o al menos el tiempo mortal que nos quede en el tablado de hoy, comienza la internalización de lo manifiesto: el reconocimiento entre vereda y entraña, un deambular biográfico sobre cada rincón de lo expresamente visible, lo que vivimos y estrechamos con el otro, lo inevitable. Se podría decir que florece una semilla en la línea que forma un camino en el cemento, y la aguja de la escritura revuelve su método de composición en el papel, y aunque se regresa una y otra vez al íntimo subjeto del que se fue presa en tantas hojas, se entiende que ahora es diferente. Hubo que bajar del Olimpo, hubo que construir puertas y ventanas, dejar que el brazo suicida soltara la mano y no se dejase aplastar por el murallón blanco que a veces acecha. Es eso, internalizar lo manifiesto. Escuchamos el gemido incesante de los espacios abiertos, de la realidad corriendo desvencijada a través de las personas, y se entiende que hay una forma, irremediablemente una sola forma de salirse de sí, echar mano, garra y mugre del aparato sustantivo, descriptivo y retórico. Echar mano de éste último porque así se estremece. Echar mano del sustantivo porque así se concibe. Echar mano del descriptivo porque así se ofrece y se transmite. Pero sobre todo, y esto da luz al oficio que intentamos, se echa brazo entero del verbo porque así se construye, se crea y se hace realidad. 

agosto 06, 2014

el contenido por sobre la forma

Que el cómo agonice, se desarme, se agobie, se retuerza y muera ahogado en el absoluto rigor del hambre. el cómo que no coma, ¿qué come? No, no como. No come. Que el cómo se muera en el absoluto rigor del hambre. Que el cómo no se coma al qué.