marzo 19, 2015

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Esto pasó cuando íbamos a mitad del camino, al medio de nada, con las yantas humeando, con un barco arrugado, cuando íbamos volviendo, llegando o regresando de alguna parte. Podíamos estar más o menos en el fin del mundo, o al menos muy lejos de casa. Lo sabíamos porque todo parecía ser tan ajeno, los animales al borde del sendero, el cielo abriéndose dividido por estrellas y un satélite natural cubierto de humo blanco. Las casas, las casas ya no eran como interminables galpones de ruidos que se alzaban en serie unos tras otros. Eran árboles muertos que aún respiraban parsimoniosamente a través de sus costillas medias quebradas repletas de savia. Contenían otros árboles más pequeños y aún vivos en su interior. Eran casas que respiraban y llenaban sus fachadas de maceteros con flores de todos los colores. Es la única forma en que sus paredes sobrevivan, que sigan respirando, sabiéndose fuera de la ciudad, sabiéndose sur del mundo, entendiendo que en sus interiores van creciendo familias enteras que se abrazan para poder caber todos juntos dentro de sus casas. Gente que está impregnada, amarrada de pies y pestañas a una tierra que se llora de arriba a abajo día por medio, que a veces se nubla y suelta temporales tan apabullantes que la familia no tiene más que abrazarse y aguantar, esperando que los árboles sigan de raíz.

Hemos llegado a una isla tan grande que tiene otro montón de pequeñas islas manchándola de sur a sur. En cada uno de sus rincones se alzaban iglesias de madera con formas de naves dispuestas a flotar por las orillas, donde se acababa la tierra y el agua comenzaba a humedecer todas las cosas. Junto con el agua y junto con las casas, y los temporales y las familias y el montón de luces blancas que colgaban desde el techo de zinc sobre nuestras cabezas escarchadas por la noche en la playa Arena Gruesa, junto con eso y todo lo demás vislumbramos una postal que nunca mostró la ciudad llena de cemento y barro de la que quisimos arrancarnos tan ansiosamente. Fuimos entonces un quejumbroso desvío, un intento casi exitoso de pegarnos a otra tierra, a otra parte del mundo que tuviera casas con patios más grandes, más grillos tarareando la noche y menos polillas chocando incansablemente contra las luces intermitentes de la cocina en La Florida.