Con la Sofía después del colegio, al menos dos veces por semana, nos pasábamos al mall y, saltándonos el patio de comida, el happyland y el cine con sus interminables filas, entrábamos derechito a esa multi-tienda del fondo, donde encontrabas desde la última tenida de la temporada hasta la sección de 'todo hogar'. Y es ahí donde nos quedábamos. Eran horas hablando, riéndose y planeándonos la vida juntas, sentadas en ese columpio con techito para las terrazas. Habían cinco de diferentes diseños, pero el nuestro era el de rayas rojo con blanco. No podía ser otro, simplemente. Si alguna vez uno que otro matrimonio rondaba nuestro columpio con intención de comprarlo, nos quedábamos mirándolos fijamente, hasta que incómodos, se iban... Y ahí nos quedábamos, balanceándonos despacito, dándole vuelo a todas las ideas y sueños de diecisiete. Prometimos que sería la primera adquisición en el patio de nuestra casa arrendada en el Barrio Bella vista, y así el columpio guardó celosamente el plan.
...
Un día, sin preguntarnos ni previo aviso, el columpio ya no estaba. Ni una de las dos dijo algo, dimos la vuelta y volvimos a nuestras casas, en silencio. De pronto, ya no había de qué hablar, no había por qué reír y ninguna promesa garantizaba ninguna amistad. Ahí se quedó todo no más.
Hoy día, recibí mi primer sueldo en la pega. La señora del mostrador me dijo que mañana mismo me hacen llegar a mi -suerte de- casa, en el Bella, el columpio con lunares verde y morado que compré esta mañana. Pienso ponerlo bajo el parrón, para que tenga harta sombra, y después buscaré el número de la Sofi, espero que no lo haya cambiado.
(ficciones y un poco amargo de la realidad.-)