El proceso escritural, o el procedimiento de la escritura, o los pasos para escribir y llegar a ser escritor, o escribiente, o llegar a ser narrador, relator, contador de algo, de una materialidad, descriptor de una corporeidad, inmiscuirse en el inconsciente; clavar la aguja y enhebrar el papel con alguna clase de hilo conductor entre el adentro y el afuera, o simplemente cortar el hilo y deshilacharlo todo.
Cuando se escribe no se parte donde se escribe, se parte de una boca cerrada, la entraña chorreando y una médula pendiendo de la costilla, casi cortando la espina dorsal. En ese punto se parte, y se intenta entonces desprender dolor por dolor, alegría por alegría, pasión por pasión, y en ese enredo subjetivo de la percepción y las intenciones uno recurre a tanta retórica descriptiva que refugia la literatura, cuando enfrentando a tientas las sensaciones
pareciera que se huelen, que se ven, que tienen ojos y orejas y piernas, tienen
un brazo fuerte como dice la Malú, uno que aprieta el vientre, que hunde su mano
en la garganta para que las palabras salgan. Y así, con la boca aún cerrada y
el vientre recogido describimos, comparamos, exageramos, reiteramos y
desordenamos la métrica permitida de una correcta poesía. Cuando Enrique Lihn
dice pobre es el corazón de vocabulario, dice bien: la gente pretenderá nombrar
todas las cosas por sus nombres y estas responderán por sus nombres, mas no las
expresan, dejan que giren en torno al diccionario y al nombrarlas se mueren, se
ahogan en el límite fronterizo de su propia definición. Por eso mismo a veces
se recurre a las redes del barroquismo, que no son edificaciones con grandes pilares de concreto, abalanzando ostentación con vitrales y miles de colores corcheteando las pestañas de la gente. No es exagerar por exagerar, estrujar el cuerpo de la palabrería ante la necesidad constante y anfibia de lo que se siente, lo que se piensa, lo que se ríe, duele, llora y sangra y se sale a borbotones de sí mismo, dando por resultado un montón de imágenes inconexas entre sí aparentemente, pero que una vez que el lector se trague todo el artificio literario, y se le cuelen manos y cabellos entre la mezcolanza sinestésica de las postales, escape del punto de inflexión y encuentre en él un pedazo de vidrio brillante sobre el cual reflejarse completa y honestamente. Es esto: que desde la boca cerrada pero ¡ojo!, no sellada, se abran ventanas, se descubran verdades, se suelten lágrimas, se aprieten dientes, se abran piernas y se empuñen manos. Y así, una vez que la ventana se abre y para siempre, o al menos el tiempo mortal que nos quede en el tablado de hoy, comienza la internalización de lo manifiesto: el reconocimiento entre vereda y entraña, un deambular biográfico sobre cada rincón de lo expresamente visible, lo que vivimos y estrechamos con el otro, lo inevitable. Se podría decir que florece una semilla en la línea que forma un camino en el cemento, y la aguja de la escritura revuelve su método de composición en el papel, y aunque se regresa una y otra vez al íntimo subjeto del que se fue presa en tantas hojas, se entiende que ahora es diferente. Hubo que bajar del Olimpo, hubo que construir puertas y ventanas, dejar que el brazo suicida soltara la mano y no se dejase aplastar por el murallón blanco que a veces acecha. Es eso, internalizar lo manifiesto. Escuchamos el gemido incesante de los espacios abiertos, de la realidad corriendo desvencijada a través de las personas, y se entiende que hay una forma, irremediablemente una sola forma de salirse de sí, echar mano, garra y mugre del aparato sustantivo, descriptivo y retórico. Echar mano de éste último porque así se estremece. Echar mano del sustantivo porque así se concibe. Echar mano del descriptivo porque así se ofrece y se transmite. Pero sobre todo, y esto da luz al oficio que intentamos, se echa brazo entero del verbo porque así se construye, se crea y se hace realidad.