enero 23, 2014

Resistimos y bailamos (o la cumbia de la Resistencia)

Fue tal vez con el Chico y la escoba que dejó en las nacientes primaveras festivaleras que remecían las jornadas en el Barrio Yungay. La Floripondio, que llevaba sus años en el rubro, llamando la atención desde su nombre florido y sus sonidos panketas, invitando a bailar y movernos frenéticos, volviéndonos monos. La Conmoción de las máscaras rojo sangre, sangre ardiendo rumbeando y carnavaleando el año entero, como si siempre Primavera, como si la vida siempre fiesta.
Lo cierto es que de un tiempo a estos días, coincidiendo precisamente con el madurar de una infantería que buscó entre parches, chapitas y un montón de cimarras al Eurocentro el reconocimiento de sus pares y los más grandes, un revoltoso montón de nombres populachos e ingeniosos, llegaron inmiscuyéndose entre cientos de nudos auriculares, rompiendo tranquilos y depresivos viajes en metro, con el güiro y la melódica. Es cuando surge en Chile el movimiento cumbiero: La nueva pachanga.

Cuando las “tribus urbanas” llenaron las discos con sus zapatillas anchas y pulseras flúor, era entonces un sonido reggeatonero, que respondía a beats electrónicos, artificiales y monótonos lo que perreaba en las radios. Carretes dispersos y extraviados teñían las actitudes juveniles de colores opacos y sombras nocturnas, impulsando al “futuro de Chile” hacia un deambular desorientado, que no hallaba siquiera un rasgo de chilenidad en alguna de sus prácticas. Desde rincones emborrachados se movían apretados y lentamente, cerrando los ojos marcaban un paso que a luces taciturnas sólo reflejaban vergüenza y un escape a los problemas. Un dudoso reconocimiento a sus propias identidades.
Sin embargo, toda esta búsqueda no se sitúa más que como un viaje, el estado transitorio que posiciona a los ruidos pachangueros entre las esferas cada vez más cotidianas del latido chilenero.  Cuando las cumbias cebolleras sólo encontraban una pista de baile en viejos matrimonios y despedidas de un año más, el imaginario juvenil se pone en marcha con su proceso de reciclaje y reivindicación: se aburre de un ritmo lascivo que nunca dijo algo. Se para y enfrenta a su realidad. La búsqueda de un sonido transgresor que rompa con la secuencia inactiva que aportan las melodías del entonces. El empoderamiento musical por parte de la muchachada, que resignifica la cebolla vejestoria del bailoteo popular y comienza a cantar de amores perdidos, coqueteos inocentes, que la vida es puro carnaval y, sobre todo, un despertar de la generación. La lucidez que despabila y echa mano de las mejores herramientas que posee: el tiempo a su favor y el vigor de un latido que vuelca nuevas reflexiones críticas hacia instrumentos cálidos y caseros, entre colores y el reconocimiento pleno de un sistema que los mantuvo ausentes y adormilados.

Es Villa Cariño, Aquiles Baeza, Juana Fe, Guachupé, La Guacha, Combo Ginebra, Tomo Como Rey y un sinfín de bandas vacilonas que se enfilan y dan nueva a la nueva voz resistente y combativa de la juventud chilena. Una resistencia embestida de alegrías melódicas que bailan presentes a la luz de sol; sin esconderse en locales exclusivos ofrecen sus sonidos desde y hacia todas las esquinas. Historias simples, cotidianas que nos identifican y mejor, incluyen a cuanto tímido lo escuche. Los cabros cumbiancheros se toman los escenarios y como en un juego de espejos escarchados, son reflejo puro de la idiosincrasia y cultura nacional.
Se contrarresta entonces, lo perdido con lo encontrado, un baile pánfilo y escondido como culpable de sí mismo con la reconciliación de una nueva construcción identitaria sin miedo ni restricciones. Un alma que escucha un ruidito mil tambores y le zapatean los sentidos, se lanza a la coreografía improvisada de su libertad juvenil en medio de la plaza, del festival, en medio de una marcha estudiantil o al término de esta. Un grito fuerte de consignas que esta vez, parecen convincentes y sinceras.

Por las calles que se enhebran a lo largo de un país flaquito pero firme, se escuchan las nuevas alegrías pachangueras de la multitud. Reconciliación con alegrías perdidas, un hallazgo del sonido y así salimos a rumbear. En el Chile de hoy, ya no nos escondemos. Sin rencor, sin amargura, resignificamos las heridas que van cicatrizando a punta de carnaval. En fin, resistimos y bailamos.