enero 23, 2014

viuda rojA

De punta en negro, viuda de un país o más bien un continente. Una cicatriz que le surca la sonrisa picarona hasta las arruguitas de la mirada. Una cicatriz que le dibujó un hiriente sarcasmo bien rojo compañero, cuando el partido de sus amores no hizo más que burlarse y dar la espalda. Entonces él les puso el culo, y soñó un pedazo de cielo rojo para los que nazcan con la alita rota, para que -se- vuelen una revolución media enferma, media que ni ganas tiene de seguir la lucha.

Agarrándote la garganta todo el tiempo, sin descuidarse como si tuvieras un horror tímido de perder la voz de nuevo, de que ese vozarrón de ultra tumba que te acompaña las consignas se te fuera a escapar de los labios, como un beso susurro de tu pasado remendar.
Me acuerdo y retumba ahora, dijiste o más bien ronroneaste: "No fumo, le dije. Entonces no fumaba, ni pitiaba, ni tomaba ni jalaba. Sólo amaba. Amaba con la furiosa pasión de los diecisiete años"
Y entonces todos estremecimos -¿o fui solo yo?-. En fin, nos conmovimos.

No te siento padre, no te siento madre. Creo que ni amiga loca con quien salir a marchar. Yo pienso que gritaste hasta enmudecer simplemente, y que ya nunca sabré lo que habría sido escuchar un poema proleta bien callejero, bien culeado a través de tu voz natal. Que dijera puras verdades escondidas de un país que muchas veces, concentra todo su bodrio en una pura esquina de San Antonio, cerca del Mapocho.
No, nací y para siempre escuchando el carraspeo adolorido de tus historias, escuchando un popurrí de vejestorios musicales que se marean en una radio; que hablan de tus amores, los que soñaste y perdiste cientos de veces hasta escribirlo, hasta escribirlo letra a letrita.
Y entonces gracias porque lo leí. Lo leí todo desde el corazón golondrina hasta un amorío desteñido. Leí hasta tu último suspiro y me crece ahora un cariño extraño, desconocido y que me escarcha los sentidos en cada viaje realizado, en cada capitalino deambular de la ciudad contigo. De la ciudad sin ti. 




Pedro Lemebel, esta noche has estado maravilloso, magnífico, estupendo y divino. Y a pesar de echarme al bolsillo los horrores manifiestos que me causa el GAM, concurrí y me endulzaste todo juicio con cada una de tus cantaditas palabras: "Aquí yo los dejé entrar a todos, aunque fuese en el suelo porque esta huea la construyó Allende pa'l pueblo. Convirtieron esta huea en un mall ahora". Rasgueaste tus palabras , que al parecer dolían y aún así, salieron de la boca entre sonrisas coquetonas e ilusionadas, veladas por el único discurso político que llego a creer hoy día. Tanta tonta junta, oye... hace falta quedarnos, no arrancar. Hace falta que te acurruques en la humedad ya conocida de tus aventuras y relates un cuentito más, arrullado de boleros infinitos que humean y esperan, antes de dormirnos.


"Sécate esas lágrimas niña, nos quedan tantos muertos por los que llorar aún"