enero 24, 2011

E l D e l i n c u e n t e.

El cansancio y el sueño me rendían. Pensé fumar para distraerme y busqué en mis bolsillos el paquete de cigarrillos que siempre guardo en ellos; no los encontré. Con el apresuramiento de la salida se me había olvidado encima de la mesa de mi cuarto. El ratero, que me vio hacer todos esos movimientos, se incorporó preguntando: 
- ¿Qué quiere, patrón? ¿Cigarrillos? Aquí tiene.
Se levantó y avanzó hasta donde yo estaba, ofreciéndome sus cigarrillos; pero en ese momento una voz terrible salió de la obscuridad del zaguán y dijo:
- ¿Para dónde vas? Siéntate ahí.
Detenido por aquella voz, el hombre quedó inmóvil en medio de la oficina, con el brazo extendido. 
- Voy a darle un cigarrillo al caballero -explicó.
- Siéntate ahí, te digo.
Retrocedió el ladrón, aturdido y confuso. Yo quedé silencioso, avergonzado por aquel hecho, doliéndome de mi calidad de hombre honrado impidiera a otro hombre acercarse a mí y convidarme un cigarrillo.
Patrón, uno procede siempre por estado de ánimo y no por ideas fijas. A veces les tengo rabia a los ladrones; otras lástima. ¿Por qué los ladrones serán ladrones? Veo que siempre andan pobres, perseguidos, miserables; cuando no están presos andan huyendo; los tratan mal, les pegan, nadie puede estar cerca de ellos sin sentirse deshonrado. Cuando le roban a uno, le da rabia con ellos; cuando los ve sufrir, compasión. Lo mismo pasa con los policías: cuando lo amparan y lo defienden a uno, les tiene simpatía y cariño; cuando lo tratan injustamente y con violencia, odio. El ser humano es así, patrón; tiene buenos sentimientos para con el prójimo, pero siempre que ese prójimo no le haga nada. 
Así nos quedamos mirándonos y sonriéndonos con simpatía. El, entonces, sacó un cigarrillo del paquete y me lo tiró por el aire, y como le hiciese señas de que tampoco tenía con qué encenderlo, hizo lo mismo con una caja de fósforos. Pité, patrón, con ganas, gozando, echando grandes bocanadas de humo, regocijado, agradecido. ¡Aquél ladrón era muy simpático! Tan de buen humor, tan atento con las personas, tan buen compañero. Claro es que si me pillara desprevenido, me robaría hasta la madre, y si yo lo pillara robándome, le pegaría y lo mandaría preso, pero en aquel momento no era éste el caso. Yo estaba alegre fumando y esa alegría se la debía a él. Lo demás no me importaba. 


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¡Extracto, palabras robadas... de páginas, que sacan lágrimas! ♥ 
"El Delincuente, el Vaso de Leche y otros cuentos"



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