Me decía mi hermana, a la que le gusta -tanto como a mí- venir a verte, que nos llamamos Panoteca porque solamente vendemos pan y manteca: parece que una vez se lo creí. Como cualquier panadería/supermercado sin mucho brillo, se compone de dos pisos no más, pero la muy-muy presume de ascensor rayado y pasado a pichí. La Juguetina otra vez, va bien famosa en Noche Buena por arrastrar unas colas infinitas en juguetes: los de moda, artesanales y los inventados. Hasta intentaban ocultarme las compras contando la leyenda que ni el más atrevido llegó a recorrerla de punta a punta. La feria del sábado, calurosa y animosa, se ajusta la falda y baja su escote para ofrecerle a las gentes -grandes y de bigotes- sopaipillas con aceite usado, italianos a tres-cincuenta, repuestos de lo que sea, ropas ajenas y otras cosas por ahí. Pero, desde la ventana, eso nunca se ve.
( dos años y medio)
( tres años crudos)
(olvidé cómo llegar en bicicleta)
No hay Cuasimodos, ni viejas del uno-por-ciento con bolsas de pan y copuchando sin prisa. Estoy yo, sentada en una escalera, maldiciendo al frío, sintiendo cada vez de cerca la marihuana y sus miradas chorizas. Estoy viendo hacia tu casa, que de alguien más es ahora. La miro desde fuera y pienso que ahora bien puedo llegar a tiempo record hasta tu barrio -Metro de Santiago por medio- y asombrarme con la versión cabaretera de la feria nocturna, comprarme una chaqueta a quinientos pesos y lucirla para Navidad, llegando tal vez hasta la punta misma de la Juguetina.
(dos años y medio)
(tres años crudos)
(entrar a tu casa)
Puedo sumirme en el frío y en la inmensidad del agua podrida, porque de santo nada le va quedando a Pablo, mucho menos sabe nadar. Ahora me extiende una mano de uñas sucias y cicatrices desde afuera. Ya no vende ni pan ni manteca, no guarda cáscaras de naranja para quemarlas en la estufa y tampoco abraza. El naufragante se afirma del cable de la luz para seguir con vida.
Pablito se deja ahogar. Transformando a mi Pudahuel en uno que ya no revuelve la ventana.
