junio 02, 2018

y en la hora de mi muerte


En la hora de mi muerte
(a mi padrino campesino y mi abuela costurera).

Tengo un par de muertos, de cadáveres con vida que ofrendar en el corazón
unas cuantas calaveritas florecidas de los años pasados
ellos y ellas siguen construyendo futuro no ilusorio en mi vida
en la muerte de mi camino andado y por andar
en el envase de mi cuerpo que chorrea el milagro de la sangre todos los días
y todas las tardes
hasta que el sol se agacha y se encienden las luces naturales
Yo prendo entonces mis luces artificiales
intermitentes en la cocina y en el patio de mi casa
Les espero con el pecho abierto
Con el corazón en la mano
y una velita aromática prendida:
José Padre, Padrino, José Campesino de Diente de Oro
José Remigio Cofré González
Asesinado por la carretera, por el trago o la falta de sueño camino a su casa
Dejó de levantar sacos de maíz en sus hombros y de escuchar Los Tigres del Norte
El cuerpo le fue atravesado por los fierros del camión y alcanzó a ver a su hijo antes de irse al patio de los mudos; lo miró como con dolor y vergüenza
como pidiendo perdón
José Carpintero
Bajé yo misma esa noche ante los gemidos de mi Madre al teléfono
Padre llorando en el patio; yo me puse a hacer el bolso, adolescente, con llanto no asumido en la mitad de la garganta
Hicimos luto, en silencio, atrapados en el taco inacabable que provocó el accidente, a la entrada del camino, kilómetro 64 de la carretera de la fruta en la sexta región
No me aburrí de mirar su rostro ajeno
Irreconocible por el estuco y el polvo compacto que le blanqueó la piel coagulada
mientras el Canto a lo Divino infatigable toda la noche
Dejó a una María Viuda Costurera en el desamparo, no alcanzó a ver a la primera nieta
No alcanzó, menos mal, a verme llena de esta rabia parida contra el Padre, su Compadre, queriendo arrancarme el apellido patrio que me tocó.
Años más tarde María Madre, Abuela, María Viuda Costurera
María Emelina Mancilla Gatica
Asesinada por el cáncer de pulmón, venida desde Pudahuel a Maipú por culpa de la enfermedad
dejó de subir escaleras y de reírse con frecuencia
Se le salió el pelo, pero se aguantó la lágrima frente al espejo de la peluquera
no así Madre, que tuvo que salir de la habitación pa largar el llanto
Subió mi madrina a mi pieza esa tarde: “Panchita, la Leli se está yendo”
bajé y rodeamos la cama ortopédica instalada en el comedor como si ella una Virgen de yeso
inmóvil, respirando quejumbrosa, cada vez más pausado
Al último suspiro me miró y le tomé ambos pies, como si ella una Virgen Santa
Pusimos un espejo frente a su boca para comprobarla muerta
No alcanzó a ver el metro estación Pudahuel a metros del block donde vivió,
No alcanzó, menos mal, a verme llena de esta pena parida heredada de su propia cadena matria.
Por un par de años yo perdí el olfato entrañable de su aroma y la quise con miedo y rechazo
María olió a enferma y a piel amarilla el último tiempo, y yo me desesperé llorando, dejé de quererla por oler de esa forma, por robarme los buenos momentos y el recuerdo amoroso por asociación al aroma de la colonia Jovan Musk Women
Los años finales fueron cáncer y baldosas resquebrajadas en el pasillo del San Juan de Dios
el tiempo que siguió a su muerte los hospitales desaparecieron y el cáncer se quedó conmigo, se quedó el olor de muerta, vieja enferma desahuciada y por mucho no pude soportarlo
me tapé los orificios de la nariz y me abrí las costillas, por allí fui respirando renacuaja, evitando todo contacto con la idealización de la difunta
María me enseñó a rezar y aguantarme
José a reírme con ganas y a quitarme la vergüenza social
Por ambos lloré hasta que no me quedaron ganas; me las he llorado todas.
por mis muertos y por otros muertos,
me quedé muda y ciega a la diestra de muertos que no me importaron y lloré por otros que ni siquiera conocí ni he visto jamás.
lloré como si no conociera otro sentimiento; como si de ello dependiera la vida, me afirmé del llanto para saberme menos muerta y seguir aguantando.
Lloré hasta que me cabrié porque tenía que guardar lágrimas para más rato
para otros muertos y otras calaveras que quiero y se van a ir de mi lado contra todo pronóstico
Entonces
Por mientras, me quedo sentada con la velita del espíritu santo encendida
avecinándose una Tormenta, una Hecatombe sangrienta
desoladora, pero infinitamente pasiva

Aquí les espero, llorando de alegría.